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Sáhara Occidental, la última colonia de África
Viernes, 15 de Noviembre de 2013 15:35
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La noticia corrió como la pólvora. Primero entre la red de activistas saharauis. Rápidas llamadas y mensajes de texto que alertaron de que se había producido una desgracia. Luego llegó a los cafés, donde el boca boca sumó más detalles. Un joven saharaui ha muerto tras ser disparado por un gendarme marroquí. Finalmente fue una radio clandestina quien ahondó en la herida. Rachid  Achain ha fallecido cuando participaba en una sentada a las afueras una ciudad marroquí, Assa, mientras reivindicaba derechos sociales y políticos para la población saharaui. Rachid es el último protagonista de uno de los conflictos más olvidados del planeta. La última línea que escribe la historia de un pueblo que espera dividido desde hace casi cuatro décadas la independencia. Otro ejemplo más de cómo los intereses geopolíticos pesan más que los derechos humanos.

La historia de un abandono

La disputa territorial en el Sáhara Occidental y la situación de los saharauis en los territorios ocupados por Marruecos es prácticamente desconocida debido al bloqueo informativo impuesto primero por Hassan II y en la actualidad por su hijo, el monarca Mohamed VI. Se trata del único conflicto que tras un alto al fuego no tiene un proceso de paz asociado al mismo. Sobre el territorio está desplegada la MINURSO (misión de la ONU encargada de organizar un referéndum para que el pueblo saharaui ejerza su derecho a la autodeterminación), único mandato de Naciones Unidas en África que que no vela por el cumplimiento de los derechos humanos.

El Sáhara Occidental, tierra de pastores y nómadas, fue provincia española hasta el año 1975. Con el dictador Francisco Franco agonizando, y en pleno proceso de descolonización de África, España abandonó el territorio a su suerte y fue ocupado por Marruecos a la fuerza mediante la conocida como “Marcha Verde”. Desde entonces los saharauis están separados, unos sobreviven gracias a la ayuda humanitaria en campos de refugiados en Argelia y otros resisten bajo la ocupación marroquí. Esta división es literal, ya que Marruecos ha construido un muro de 2.700 kilómetros, protegido por miles de militares y rodeado de minas antipersonas, que impide que los saharauis se desplacen libremente por su territorio.

La capital del Sáhara Occidental, El Aaiún, es una de las ciudades más inhóspitas de la tierra. Los saharauis viven un hostigamiento continuo por parte de la policía y los colonos marroquíes, quienes están transformando la cultura e idiosincrasia de la ciudad para eliminar la impronta de sus moradores originarios. Las autoridades marroquíes marginan a todo saharaui que puedan relacionar con el activismo. Cierran sus negocios y les impiden realizar cualquier oficio e incluso acudir a la escuela. Así se aseguran el silencio de muchos de ellos, mientras se enriquecen con sus recursos naturales.

 

La estrategia del terror y la pérdida del miedo

El primer mecanismo que empela Marruecos como medida de represión es la militarización de los territorios ocupados, que hace que la libre expresión de cualquier reivindicación esté siempre amenazada. “Los controles policiales son continuos, las detenciones e interrogatorios diarios y la policía está presente hasta en las aulas de los colegios”, según denuncian las asociaciones de derechos humanos saharauis. Durante los primeros años, los saharauis eran atacados de forma indiscriminada y entre la década de los setenta y los noventa se llegaron a contabilizar más de 800 desapariciones forzosas, práctica que cuando se realiza de forma sistemática y generalizada está calificada como crimen de lesa humanidad. Uno de los casos más extremos es el de Sidi Mohamed Dadach, que pasó 25 años en prisión, catorce de ellos en el corredor de la muerte, y que fue liberado en  2001.  Para muchos  expresos  políticos  como  Dadach  “salir  de  prisión  no  ha supuesto  una verdadera liberación, ya que una vez fuera se han encontrado con una cárcel mucho mayor”.

La estrategia de terror que fomenta Marruecos rompió su silencio en el año 2005 gracias a la Intifada de la Independencia. Desde este momento los saharauis comenzaron a superar el miedo y a recuperar públicamente su identidad, despertar que llevó a muchos de ellos a la cárcel. Es paradigmático cómo el paso por prisión no amedranta sus reivindicaciones, sino todo lo contrario. Numerosos expresos políticos coinciden en que las cárceles marroquíes se han convertido en una gran escuela de activismo, lugar de encuentro con otros militantes donde se fortalece la lucha.

Últimamente, en aras de volver invisibles sus actos para evitar un coste político, los distintos cuerpos de seguridad marroquíes están modificando su modus operandi. Llevan a los detenidos a un descampado o al desierto en lugar de a la comisaria, donde se les maltrata y luego abandona. Sin embargo, frente a los casos de mayor magnitud, como fue el de Gdeim Izkiz se toman medidas que recuperan la vieja escuela de la represión. El descontento social de toda la población saharaui cristalizó a finales del año 2010 gracias al “campamento de la dignidad”, Gdeim Izik, calificado por Noam Chomsky como la chispa que originó la Primavera Árabe. Durante 28 días 20.000 saharauis se manifestaron para protestar contra las duras condiciones de vida a las que les somete el Gobierno marroquí y para exigir unos derechos sociales mínimos.

Fruto de su desmantelamiento fueron detenidas cientos de personas hasta que finalmente un tribunal militar condenó a 24 de ellas. Inés Miranda, abogada que acudió como observadora a la Corte en Rabat, explica que el juicio se celebró “sin pruebas fidedignas ni testigos” y que “fue toda una farsa” que concluyó con condenas de 20, 30 años y cadenas perpetuas. Uno de los condenados a la máxima pena, Hassana Aalia, juzgado en rebeldía cuando se encontraba en España, explica que se trató de “un juicio político a todo el pueblo saharaui para fomentar el miedo”.

¿Qué intereses hay detrás del conflicto por el Sahara Occidental?

El Sáhara Occidental está considerado como uno de los territorios más ricos de África. Es uno de los grandes productores mundiales de fosfatos y posee el banco de pesca norteafricano y europeo más importante. Además, hay un sector turístico en crecimiento, arena y la posibilidad cada vez menos remota de encontrar petróleo. Son muchas las empresas que se benefician del proveedor marroquí, aunque muchas otras se han retractado. Según explica Western Sahara Resource Watch, en 2005 la compañía noruega de fosfatos Yara anunció que no volvería importar productos saharauis y el constructor de barcos Selfa Artic del mismo país también abandonó el territorio.

También la UE tiene intereses en la zona que no difieren mucho de los de EEUU. En 2008 se aprobó un “estatuto avanzado” para Marruecos cuyas medidas se refieren a la cooperación política y en materia de seguridad, a la preparación de un acuerdo de libre comercio global y a la integración progresiva de Marruecos en diversas políticas de la UE. El tratado de pesca con la UE y la “vigilancia de las fronteras” y “control de la inmigración” son otros de los factores que benefician al gobierno alauita.

En lo que respecta a España, país que todavía es según el derecho internacional “administrador del territorio”, su postura ha sido vergonzosa. Lejos de hacer frente a sus responsabilidades ha preferido dejar en manos de la ONU las propuestas de resolución del conflicto, cuando no ha alentado la ocupación ilegal del territorio mediante la venta de armas y la firma de tratados y convenios preferenciales con Marruecos en materia tanto económica como política.

¿Cuáles son las perspectivas de futuro?

La monarquía liderada por Mohamed VI continuará presionando a los actores internacionales para lograr incorporar al Sáhara Occidental como una autonomía más dentro de su territorio. Sin embargo, en el lado saharaui la situación comienza a ser más tensa. Por un lado esta la constante represión de quienes viven bajo la amenaza permanente del ejército marroquí en la parte ocupada. Por otro, la generación de jóvenes que ha nacido en los campamentos de refugiados argelinos y que no están dispuestos a seguir esperando.

 

Irene Alconchel