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Pensamientos de Observadores
Gusanos PDF Imprimir E-mail
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Él atrae a las moscas, que ponen sus huevos bajo la piel del dromedario. Las larvas devoran su carne, y son muchas, tantas que abren su pellejo a mordiscos y aparecen como convulsas coladas sobre el pelaje.

No caben más, pero Él sigue arrojando carnaza hedionda alrededor del animal. Y tiene perros bien amaestrados, de ojos verdes como la bilis, que le lanzan bocados a los tobillos, perforándole los tendones y haciendo que se tambalee.

El dromedario sigue los caminos conocidos, se calienta con el sol que siempre ha ardido en lo alto, se oculta de él bajo las viejas acacias, bebe en los mismos oasis que antaño y come los arbustos que pueblan esa tierra seca desde que existe. Pero Él le persigue, paciente, matándole lentamente.

Y en el desierto hay gente que observa. Ninguno de esos pusilánimes apedrea al asesino.

P. A.

 
Un anciano PDF Imprimir E-mail
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Las puertas de los que deberían tener miedo están blindadas pero suelen estar abiertas.

Los puños llevan apretados una eternidad, blancos de ira, sin golpear a nadie.

Las sonrisas son más brillantes con los cortes de sus labios.

 

Y un anciano saluda, con gesto sentido, con una esperanza que él no recogerá.

Pero saluda afectuoso porque ve una luz para sus hijos,

o para sus nietos,

o solamente para ese momento,

en el que sabe que no están solos.

P. A.

 
No curarse PDF Imprimir E-mail
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Sus vendas son sus manos. Su analgésico es el aliento de alguien cercano. Su desinfectante, la presencia de Él.

Las cicatrices tienen relieve, palpitan.

Son cauces por los que discurre la tristeza por el terrible maltrato, la rabia por el sadismo que han aguantado.

No se cerrarán porque son los ríos que alimentan sus tierras; de esperanza, de indeleble sentido de la justicia, de necesidad de luchar.

P. A.

 
Dakhla PDF Imprimir E-mail
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El viento barre el ambiente, se lleva la arena a otro lugar, limpia de voces las calles. Pero trae algo. Si acercas la oreja a la pared de una casa de Dakhla puedes oír un gemido ronco. Una voz sórdida que avisa. Se ha dejado llevar por una corriente a través de las rejas de un calabozo y se choca con los muros de las casas, dejando su mensaje en ellas, para que sus habitantes nunca digan que no se les advirtió. Las palabras quedan en el cemento y de ahí saltan al oído.

Se oye al salitre:

“Un monstruo araña mi fondo, enreda mis mareas, engulle mi vida”

“Se lleva el botín a tierras de ladrones ricos, sordos y ciegos”

“Ellos lo alimentan de combustible maloliente, mezclado con sangre y mentiras”

Las gentes del lugar no pueden derrotarle porque este leviatán está armado por los ladrones que lo han domado.

 

 

P. A.

 
Añicos PDF Imprimir E-mail
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Se cosen sus arrasados párpados cada día. Su garganta no sabe a quién pedir algo que no duela. La sangre que sale de sus oídos es negra, no permite el paso de más ánimos desesperanzados. Sus manos pueden agradecer que te preocupes por ellos, aunque es muy difícil ayudarles a juntar los añicos, cuando Él sigue atento para patearlos de nuevo si han unido dos o tres.

Él se ocupó de herir bien todos los órganos.

Les arrancó los pulmones para que no respirasen.

Les dio martillazos en las manos para que no cogiesen, para que nunca recibiesen.

Les acuchilló el cerebro para que no sintiesen ni la lluvia que lo golpea.

P. A.

 
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